ULTIMO CANTO
Me despeño desde esta edad que no ha logrado,
hallar un fruto en este yermo de soledad
que es mi vida,
y el horror al vacío,
al espacio sin medida,
-esta pesadilla inclemente que me atormenta
desde siempre-,
acentúa el ahogo
que ahora tan solo es llanto,
caliente y viscosa pena que atenaza
toda la piel en que convivo,
a duras penas,
con los seres y las cosas a las que amo
y odio,
encarnecidamente,
por que habrán de quedar
y por que aun les resta
una oscura esperanza luminosa,
que a mí me esta vedada y que me duele,
tanto,
como la infancia y las caricias
robadas;
la fe en un dios distinto al hombre,
mas a la medida de lo humano;
la transición de este país,
del mundo todo,
-de aquello que aprendí a amar al conocerlo-
hacia la nada;
de los reyes magos asesinados,
en una contraportada de periódico,
aledaño al inicio de la memoria;
los bailes
la carrera que hube de hacer
para que otro pusiera un fin tranquilo a su existencia;
este constante ir contracorriente por ser fiel
a mi propia imagen,
que otros enarbolan
y me es ajena
y toda la fe que en la fe puse
y que es ahora,
este melancólico fluir que me destila
y que escondo,
cayendo en lo patético
mas frecuentemente cada vez
y que preludia,
el fin cercano en que ya no pueda manejar, decentemente,
los hilos de esta triste y querida,
mi tan amada,
marioneta,
que me toco dar vida sin quererlo
y que asumí con todo el amor, con todo el odio
y el coraje,
que pude extraer de las lecturas
en las que convalecía,
de no sé que heridas de otra vida...
Me despeño y mientras caigo,
Aun me empeño,
En hacerme un hueco de un minuto,
-de un abrazo con desgana,
de una sonrisa confundida,
del roce de una mano con mi mano,
de un beso distanciado que imagino cómplice-,
en la vida de otras vidas,
que den sentido a esta vida.
Aun me empeño en asombrarme,
En maquillarme y en vestirme
De lo que cada uno quiera
Y meto, si es preciso,
A contratiempo,
El recuerdo de algún sueño
Que me arranco del traje de morir
Con que naciera;
Por dilatar,
Por ganar tiempo,
Ese hondo y preciado don que nunca tuve
Y que dilapide por eso sin conciencia,
Dejándolo pasar,
Cuando paso de largo por mi lado.
“Tan solo soy
el hueco
donde esta
lo que me falta”,
deje escrito
y nadie creyó que eso fuera,
algo mas que un acierto literario
que comenta
un retrato solitario en una playa,
de una mujer abandonada,
colgado en una pared abigarrada de recuerdos.
Nunca supe explicarme,
pues, casi como a todos,
me fue vedada,
la luz anterior a las tinieblas
y trate entonces de explicar
lo que a los demás les sucedía,
porque al hacerlo,
a mí también me sucediera.
Quise vivir en suma a bocanadas;
dar sentido, al sentir que sentía que aun estaba vivo,
y permanecí sentado,
al borde de mí mismo,
desde donde caigo y caigo,
sin lograr que nadie,
viniera hasta mí y me dijera
¿que tal?, ¿Cómo te va?,
sin pedir por ello nada a cambio.
Conozco mi final desde le principio
y he hecho lo imposible por cambiarlo:
moriré de lucidez y soledad
y este destino,
que fue grabado en mi no piel,
marcado cuando antes,
-causa del vagido prenatal que me acompaña-,
se viene produciendo sin que alguien,
o algo,
compasivo,
me evite la agonía de sentirlo
como ajeno,
como si fuera a otro a quien le sucediera,
con la objetividad de la que carezco,
para otras tantas cosas;
y me alimento del dolor de los otros,
marcados como yo y al mismo tiempo,
por sobrevivir de mí y de este espanto,
desde el que, desde siempre,
-¡Dios, que dolor!...,
...¡Cuánto daño!...-,
me despeño.
hallar un fruto en este yermo de soledad
que es mi vida,
y el horror al vacío,
al espacio sin medida,
-esta pesadilla inclemente que me atormenta
desde siempre-,
acentúa el ahogo
que ahora tan solo es llanto,
caliente y viscosa pena que atenaza
toda la piel en que convivo,
a duras penas,
con los seres y las cosas a las que amo
y odio,
encarnecidamente,
por que habrán de quedar
y por que aun les resta
una oscura esperanza luminosa,
que a mí me esta vedada y que me duele,
tanto,
como la infancia y las caricias
robadas;
la fe en un dios distinto al hombre,
mas a la medida de lo humano;
la transición de este país,
del mundo todo,
-de aquello que aprendí a amar al conocerlo-
hacia la nada;
de los reyes magos asesinados,
en una contraportada de periódico,
aledaño al inicio de la memoria;
los bailes
la carrera que hube de hacer
para que otro pusiera un fin tranquilo a su existencia;
este constante ir contracorriente por ser fiel
a mi propia imagen,
que otros enarbolan
y me es ajena
y toda la fe que en la fe puse
y que es ahora,
este melancólico fluir que me destila
y que escondo,
cayendo en lo patético
mas frecuentemente cada vez
y que preludia,
el fin cercano en que ya no pueda manejar, decentemente,
los hilos de esta triste y querida,
mi tan amada,
marioneta,
que me toco dar vida sin quererlo
y que asumí con todo el amor, con todo el odio
y el coraje,
que pude extraer de las lecturas
en las que convalecía,
de no sé que heridas de otra vida...
Me despeño y mientras caigo,
Aun me empeño,
En hacerme un hueco de un minuto,
-de un abrazo con desgana,
de una sonrisa confundida,
del roce de una mano con mi mano,
de un beso distanciado que imagino cómplice-,
en la vida de otras vidas,
que den sentido a esta vida.
Aun me empeño en asombrarme,
En maquillarme y en vestirme
De lo que cada uno quiera
Y meto, si es preciso,
A contratiempo,
El recuerdo de algún sueño
Que me arranco del traje de morir
Con que naciera;
Por dilatar,
Por ganar tiempo,
Ese hondo y preciado don que nunca tuve
Y que dilapide por eso sin conciencia,
Dejándolo pasar,
Cuando paso de largo por mi lado.
“Tan solo soy
el hueco
donde esta
lo que me falta”,
deje escrito
y nadie creyó que eso fuera,
algo mas que un acierto literario
que comenta
un retrato solitario en una playa,
de una mujer abandonada,
colgado en una pared abigarrada de recuerdos.
Nunca supe explicarme,
pues, casi como a todos,
me fue vedada,
la luz anterior a las tinieblas
y trate entonces de explicar
lo que a los demás les sucedía,
porque al hacerlo,
a mí también me sucediera.
Quise vivir en suma a bocanadas;
dar sentido, al sentir que sentía que aun estaba vivo,
y permanecí sentado,
al borde de mí mismo,
desde donde caigo y caigo,
sin lograr que nadie,
viniera hasta mí y me dijera
¿que tal?, ¿Cómo te va?,
sin pedir por ello nada a cambio.
Conozco mi final desde le principio
y he hecho lo imposible por cambiarlo:
moriré de lucidez y soledad
y este destino,
que fue grabado en mi no piel,
marcado cuando antes,
-causa del vagido prenatal que me acompaña-,
se viene produciendo sin que alguien,
o algo,
compasivo,
me evite la agonía de sentirlo
como ajeno,
como si fuera a otro a quien le sucediera,
con la objetividad de la que carezco,
para otras tantas cosas;
y me alimento del dolor de los otros,
marcados como yo y al mismo tiempo,
por sobrevivir de mí y de este espanto,
desde el que, desde siempre,
-¡Dios, que dolor!...,
...¡Cuánto daño!...-,
me despeño.


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